La noticia del fallecimiento de Ángel Echeverría, un verdadero pionero en la labor humanitaria en Ruanda, ha dejado una profunda huella en todos quienes lo conocieron. Este misionero navarro, admirado no solo por su compromiso sino también por su dedicación y solidaridad, partió en la madrugada del 6 de agosto de 2026. Era una figura emblemática que representa el espíritu solidario de Navarra, conocido por su vital papel en la creación del hospital de Nemba, que comenzó a funcionar en 1971.
La trayectoria de Ángel no es solo una historia de dedicación; es una narrativa de memoria y legado. En 1964, decidió aventurarse en un viaje hacia un país del cual apenas escuchó su nombre y, en su viaje, construyó no solo un hospital, sino también la esperanza para un pueblo. Su primera misión fue humilde, buscando curar los ojos, dientes y oídos de aquellos que habían sido olvidados por el sistema sanitario. Sin embargo, lo que realmente construyó el fue un sentido profundo de comunidad y pertenencia.
Ángel Echeverría solía recordar con orgullo el día que colocó “la primera piedra”, un símbolo que no solo representaba el inicio de un hospital, sino también el renacer de muchas vidas. En su mente, la construcción no se limitaba a la obra física; abarcaba las innumerables historias de transformación, de personas que renacieron al recibir atención médica. Su histórico legado permanece vivo a través de la labor de Medicusmundi, que continúa apoyando esta iniciativa.
Con su muerte, el mundo pierde a uno de sus más grandes humanitarios, pero su legado perdurará entre aquellos que fueron impactados por su labor. Se imagina que, en este momento, una parte de él ha regresado a África, el lugar donde se sentía, según sus propias palabras, «el hombre más feliz de la tierra». Allí, donde los recuerdos se entrelazan con la vida misma, Ángel aseguró un pedazo de eternidad al sembrar solidaridad y esperanza en el corazón de la humanidad.








