La preocupación por la inteligencia de las nuevas generaciones en comparación con sus padres y abuelos ha cobrado relevancia en los últimos años, especialmente en 2026. La cognición ha mostrado un desalentador retroceso: la Generación Z ha registrado niveles de inteligencia inferiores a los de los Millennials. Este fenómeno, que a primera vista puede parecer sorprendente, se apoya en datos concretos y estudios globales que confirman una tendencia alarmante.
Desde finales del siglo XIX, cada nueva generación superaba a la anterior en pruebas de desarrollo cognitivo. Sin embargo, recientes investigaciones han evidenciado que este patrón se ha invertido dramáticamente. En enero de 2026, el neurocientífico Jared Cooney Horvath presentó un testimonio contundente ante el Senado de los Estados Unidos, advirtiendo sobre este descenso. Se trata de una crisis que trasciende fronteras, afectando a más de 80 países y manifestándose a través de una caída sistemática en puntuaciones de coeficiente intelectual (CI), memoria, comprensión lectora y habilidades matemáticas.
El Centro de Investigación Económica Ragnar Frisch en Noruega subraya esta realidad al revelar que los ciudadanos nacidos después de 1975 presentan un CI que se desploma en relación a generaciones previas, contraviniendo lo que se consideraba una evolución educativa constante. Este descenso no se limita a Europa; también se observa en naciones de América Latina, donde el promedio de inteligencia varía, siendo Uruguay uno de los que se mantiene ligeramente por encima en la región.
La pregunta que surge es: ¿cómo es posible que una generación con acceso ilimitado a la información sea menos inteligente? Los expertos apuntan a la proliferación de pantallas en entornos educativos desde 2010 como causa principal del estancamiento cerebral. La paradoja es evidente: la herramienta diseñada para democratizar el conocimiento ha erosionado las habilidades necesarias para procesarlo. En lugar de la lectura profunda, los jóvenes son seducidos por contenidos rápidos, llevando a una ilusión de conocimiento que desdibuja su comprensión real de los temas.
Frente a esta realidad, Dinamarca ha tomado medidas innovadoras. A partir del año escolar 2025/2026, el gobierno decidió retirar smartphones, tablets y computadoras de las aulas, restableciendo el aprendizaje tradicional. Los resultados son prometedores: los estudiantes han recuperado su capacidad de concentración, lo que refleja la efectividad de métodos que respetan los tiempos de procesamiento del cerebro humano. Este modelo escandinavo muestra que el avance real puede radicar en regresar a enfoques educativos más sólidos.
Se plantea un interrogante crucial: ¿estamos dispuestos a revisar nuestras políticas educativas y estrategias tecnológicas? Mientras muchos países continúan apostando sin reservas por la digitalización en las aulas, el reto será decidir si se prioriza la educación profunda o si se opta por mantener el statu quo que podría llevar a un mayor deterioro de la cognición en futuras generaciones. Las enseñanzas de las generaciones pasadas, junto a su forma de estudiar y aprender, podrían ofrecer valiosas lecciones para embaucar a los jóvenes en un camino más productivo y enriquecedor.








